La piscina

Era de aquellas noches en las que una termina mareada en la cama preguntándose por qué ha bebido tanto. Todo había empezado con su insistencia en ir al concierto de Savage State en el irlandés del Poeto. Sabía que él estaría allí. Sus amigas no querían ir, pero consiguió convencerlas. Estuvieron la mayor parte de la noche yendo y viniendo a la barra, pidiendo Seagram’s con Sprite. Con la tercera copa consiguió el valor para hablar con él. Coquetearon sin acercarse demasiado. Luego, llegaron los chupitos, cerraron las puertas, la gente empezó a fumar dentro. Coincidieron entrando en el baño, pero no al salir. Él seguía dentro. Cuando encendieron las luces y apagaron la música era demasiado temprano. Eran las cuatro, apenas faltaban unas horas para el amanecer. Y necesitaba que aquello continuase.

Se había quitado los salones azules y caminaba descalza por el cálido asfalto hacia su casa. Tensaba el cuerpo para mantenerse firme y tener la cabeza erguida. Vio el Jaguar negro del que ya se sabía la matrícula. Le vibró el móvil. Supo que él también la había visto. No se habían despedido y él le propuso que cogiera el coche y lo siguiera. ¿A dónde? Él quería sorprenderla. Y ella dudó, pero su curiosidad fue mayor que la preocupación por su embriaguez. Se montó en su viejo Golf blanco. Avanzó en silencio tras el Jaguar cuando una llamada de él la distrajo. Un conejo cruzó la carretera. Tras descolgar el auricular, el volantazo no evitó que atropellara al pequeño animalillo. La voz de él sonaba por el altavoz del teléfono. Le dijo que pusiera las luces. Obedeció. Seguía con la respiración entrecortada por el bache, cuando él le preguntó si sabía nadar.

De pie, junto al gran portón de la casa, vio cómo le bailaban las llaves en la mano. La noche no ayudaba a paliar su torpeza. Fue entonces cuando él le dijo que podría gemir todo lo que quisiera en aquella casa porque nadie los iba a oír. La puerta chirrió y al entrar los jazmines la acariciaron. Ella avanzaba mirando al suelo. Caminó descalza sobre la hierba y al levantar la vista la vio, azul. Tan azul que casi parecía un sueño. La piscina era la única luz que había en aquello que a ella se le antojó como lo más parecido al paraíso. Se sintió hipnotizada ante aquella visión casi mística. Tropezó habiendo estado muy cerca de caer dentro de aquel reflejo que brillaba en la oscuridad. No lo vio, pero le latía la rodilla y comenzó a sentir cómo un hilillo de sangre le bajaba por la pierna. Él la ayudó a levantarse y un momento después, en el chester de lino grisaceo, también la ayudó a desvestirse.

Él se corrió mucho antes de que ella se hubiera dado cuenta y se levantó para ir al baño. Ella se encendió un cigarro y vagó con la mirada por toda la habitación intentando distraerse, pero no pudo. Pensó que cualquiera debía ser feliz en un lugar como aquel. Pero él no se había preocupado por ella. Una vez más había sido un objeto que había satisfecho sus deseos y ahora estaría en el baño, contestando algún mensaje, esnifando cocaína. Pronto estaría aquí otra vez, sirviéndose una copa del mueble bar.

Todo aquello se le antojó entonces como una gran mentira. Le comenzó a dar vueltas aquel paraíso. Ella se empeñaba en creer que algún día él abriría los ojos y se daría cuenta de que la quería. Siempre pasaba. Dos personas se ven de manera informal un par de meses hasta que se dan cuenta de que no pueden vivir el uno sin el otro. Ella ya lo sentía así. Cuando le oyó cruzar en silencio el salón en dirección al armario donde estaban los vasos con la mirada inmersa en el móvil, no pudo evitar salir al jardín. El silencio era como una respuesta que no quería oír.

Pensaba en que no entendía por qué no la quería mientras bajaba por las escaleras y se metía en la piscina. El agua estaba templada y ella aún mareada. Le daban pequeños calambres en los brazos. Apenas alcanzaba a dar una brazada digna. Pero empezó a jugar con esa sensación que al principio la incomodaba y que terminó por fascinarle. Se sumergió como si fuera la primera vez que nadaba, tocó el fondo y aguantó un tiempo que le pareció eterno bajo el agua. Le latía el dolor de la herida. Se sentía como una niña.

Sumergida intentó llegar hasta el límite que la respiración le permitía. Recordó entonces la historia que la abuela siempre le contaba en la que un día de verano, cuando sus padres en un descuido dejaron de mirar, se quitó los manguitos y saltó a la piscina. Respiró la densidad de aquella noche de verano, los jazmines, y se sumergió. Mientras acariciaba las pequeñas teselas azules del fondo deseó ahogarse.

Como en su día lo hicieron sus padres, él la devolvió a la superficie. No lo había conseguido. Nunca le había sabido tan placentero el mero hecho de respirar. Quieta, con el agua aun ondulando por las brazadas de él, se agarró al bordillo y decidió que no le contaría lo que acababa de ocurrir. No lo comprendería.

Salir del agua significó la primera señal de expulsión. Se habría sentido ridícula al notar cómo goteaba su pelo y dejaba un rastro mojado por el parqué, pero nada más entrar se metieron un par de rayas. Él la acompañó a la ducha. El agua caía sobre su cabeza dibujándole la raya del pelo. Él buscaba sus labios y ella sabía qué vendría después. Y follaron empapados en una cama de sábanas ásperas, sin estrenar, donde ella gimió, pero solo para acallar el pensamiento que le llamaba desde el fondo de la piscina. Él le tiraba del pelo.

La irrealidad de la madrugada se fue deshaciendo, en su lugar los rayos de sol se filtraban por la ventana. Él ya se había dormido. Con la mirada fija en el techo, buscó la mano de él. La apartó y se incorporó. La falda vaquera le ciñó los muslos conforme se la subió. Verse vestida en el espejo del pasillo fue la señal definitiva para sentirse expulsada de un paraíso que ahora le parecía inventado. No había nada que la retuviera en aquella habitación a esas horas de la mañana. Tras entrar en la cocina y beber agua, salió de aquella casa.

Antes de cerrar la puerta de fuera, los jazmineros volvieron a arañarle dulcemente la piel. Se giró para ver el jardín y era distinto. Estaba intentando imaginarse cómo cambiaría el significado de todo lo que había entre los dos si sus encuentros con él fueran a aquella hora. El sol estaba en su cénit. Bañarse en la piscina, encender la barbacoa, dormir la siesta bajo el ficus. El sonido del coche al arrancar fue lo que terminó de anclarla en la realidad. En el salpicadero brillaba la fecha y la hora. Otro fin de semana más. Otra noche que se había alargado demasiado. No logró esquivar el cadaver de un animalillo en la carretera. Aceleró. Con las ventanas abiertas el pelo se le sacudía por la velocidad. Y mientras recordaba la casa, aquel jardín, la piscina; no dejó de pensar en lo temerario que era plantearse el paraíso como un lugar feliz.

el norte

estoy perdiendo
el norte que vine a buscar
no sé llevar la latitud
la certeza de no ser querida

a la orilla del mar
una botella
que pudo haber sido
de las muchas que escondió papá
tras el sofá
en los armarios
en la cuna

todo para seguir olvidando
todo para seguir siendo ciego

prefirió no ver
prefirió ahogarse
llevarse consigo
el equilibrio que hoy busco

entre las olas de un mar
en el que ya no navega

(2018)

algo más

piensas que quiero algo
que no sea escapar
un par de minutos
una hora a lo sumo
 
para hacerme de tus brazos
enredarme en tu sudor
y luego sentir cómo te enfrías
se te cierran los párpados
y duermes
 
piensas que quiero algo
más que la imagen de la bestia
que has sido poco antes
hundiéndose
vulnerable
en mi pecho
 
y quizá tengas razón
y lo desee con todas mis fuerzas
pero no todos los cuerpos
fueron hechos para el amor
 
me miro al espejo
y decido que el mío no
 
(2018)